Una isla en el trópico. Un hombre maduro de cincuenta y tantos, dotado de una mente analítica pero con un sentido decreciente del deseo y, tal vez, de su propia identidad.
Callejones estrechos, sucios y lúgubres. Habitaciones de alquiler en barrios donde los extranjeros rara vez ponen un pie.
Mujeres. Algunas jóvenes, otras no tanto. El brillo nocturno de una pantalla de WhatsApp.
Paga por afecto e intimidad, sabiendo que es una contradicción.
Aunque es demasiado lúcido para creer sus propias mentiras, no está del todo preparado para afrontar el vacío que queda cuando el dinero cambia de manos y la habitación queda en silencio.