Pet Shop Girl

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Dos de mayo de 2023

A las seis y media, cuando en la isla ya ha oscurecido, el señor maduro sale de Villa Maluku, su casa, montado en su moto negra. Noah, su pareja, que vive con los dos hijos de ambos a un par de kilómetros, le ha pedido que compre comida para las perras.

Además de un hospital veterinario, en Jalan Raya Semer hay no menos de tres tiendas de mascotas. Pero él se detiene, justamente, delante de aquella donde trabaja esa chica que ya despertó en él algo más que un vago interés el día que entró con el mismo cometido.

No es que le pareciera guapa, pero su flaca figura —sin un gramo de grasa— y sus pechos— que apenas despuntaban como dos pequeños montículos sobre su camiseta Giordano negra— le recordaron tan intensamente a Lorelei el día que lo cautivó que lo estremecieron.

Nada más cruzar el umbral de la puerta, con el delicado tintineo de unas campanillas que alertan de su presencia, un olor indescriptible y que solo emana de las tiendas de mascotas, satura sus fosas nasales.

Como si participara en una carrera de obstáculos, el señor maduro sortea cuidadosamente para no tropezar con toda clase de cojines, casetas y columpios hasta que logra alcanzar de una pieza la parte posterior de la tienda, que a esa hora está vacía.

Detrás del mostrador, sentada, se encuentra el verdadero pretexto de su visita. Con sus finísimas piernas cruzadas y dejando suspendida una chancleta con su delicado pie derecho, de uñas esmaltadas, la chica de la tienda de mascotas apenas levanta levemente la barbilla de su teléfono para registrar la aparición de ese fastidioso cliente.

Tumbado en el mostrador, un gato obeso y atigrado dormita sin inmutarse. Le recuerda al felino de una serie de dibujos animados que veía en la televisión cuando era joven.

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