Tata y la sustituta
ACTO 1
4 de mayo de 2023
Para ser el primero —escribe el señor maduro en su diario—el encuentro con Tata se ha desarrollado a pedir de boca. De sus citas ha aprendido, a base de golpes de realidad, a no esperar demasiado de las chicas que él llama Tinderelas: a lo sumo ganas de repetir.
A veces, porque el parecido entre la imagen demasiado filtrada de la app de citas y la realidad es más bien anecdótico. Otras, porque la chica se desenvuelve de manera casi mecánica, como si se limitara a cumplir de mala gana con un fastidioso trámite, sin poner nada de su parte para complacerlo y, menos aún, para fidelizarlo.
Tata, en cambio, no desmerecía en absoluto sus fotografías. Al contrario. Además, allí donde le faltaba oficio —que era en casi todo—le ha puesto voluntad que, al final, es lo que cuenta.
El señor maduro ha llegado al kos de Tata pasada la una del mediodía. Con la camiseta empapada de sudor y un olor a calor y a tráfico, le pregunta si puede tomarse una ducha. Tata le entrega una toalla blanca, desgastada, con los bordes deshilachados y que todavía huele a lavandería.
Nada más entrar en el cuarto de baño, él advierte que no hay ninguna ducha. No de las que él está acostumbrado. En su lugar, halla un cubo de plástico azulado enorme de los que a veces se ven por las calles con basura. Está lleno hasta el borde de agua sobre la que flota, inmóvil, un cucharón de plástico. El señor maduro llena el cazo, lo alza con cierto aire de fatalidad y vierte el agua sobre su cuerpo recalentado que, al entrar en contacto con el agua tibia, se estremece y lo incita a mascullar algunos juramentos.
Con gotas de agua todavía resbalándole del cuerpo y la toalla precariamente anudada a su cintura a modo de taparrabos, el señor maduro se tiende en la cama procurando no mojar la colcha, perfectamente alisada sin ningún pliegue. Mientras él la espera paciente, Tata, sentada detrás de una mesa-tocador, se aplica con minuciosidad al transformativo arte de acicalarse.
Por alguna razón que se le escapa —si la hay—la caprichosa mente del señor maduro evoca a un antiguo profesor de educación física de sus días de colegial: un hombre que siempre se le antojó demasiado mayor para ese cometido. Tenía la tez arrugada como un sabueso, un bigote negro de militar (o de Charlot) y llevaba peluquín, que, en los días especialmente ventosos, se despegaba un poco de su cuero cabelludo como si quisiera ser llevado en volandas con las hojas del patio.
Iba siempre ataviado con un chándal azul marino con tres o cuatro rayas blancas en los costados. No recuerda haberlo visto jamás con ropa de calle. Del señor Arenal, se rumoreaba que había sido instructor en el ejército de tierra antes de recalar en una escuela de pago para pijo-progres. La hipótesis de su pasado castrense cobraba gran verosimilitud cuando ordenaba a los alumnos (no a las alumnas, ya que, entonces, las clases de educación física eran segregadas) a dar vueltas por el patio para calentar. Entonces, si alguien preguntaba: ¿Cuánto rato, señor Arenal? él, cómodamente apoltronado en una silla mientras leía el periódico respondía:
—Corran hasta que yo me canse, señores.
El señor maduro también recuerda con una sonrisa el mote que un día un anónimo le endosó como si fuera un monigote de papel el día de los Inocentes. Todos le llamaban Señor Orinal.
—Como decía el señor Arenal, estoy estirado decúbito ventral— susurra el señor maduro, que casi tiene que ahogar una carcajada con la almohada ante el pareado que su mente acaba de pergeñar.
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