La chica normal
Agatha es una chica joven, normal en el sentido estricto de la palabra. No lleva gafas. No luce un peinado atrevido, ni siquiera vistoso. Tampoco piercings en las orejas, ni tatuajes. De tan ordinaria, se podría decir que, físicamente, es casi anodina. De ella, a lo sumo solo cabe destacar su estatura —claramente superior a la media en un país cuyas mujeres son más bien de una altura modesta—y un rostro que rezuma amabilidad cuando no, bondad.
Tras emparejarse en la app de citas, él le propuso enseguida cambiar a WhatsApp, donde no hay puritanas "reglas de la comunidad" cuya infracción sea sancionable con la amonestación o, peor aún, con la expulsión del infractor.
En un momento de la conversación, y sin que viniera demasiado a cuento, ella le envió un GIF. En él se mostraban dos gatos de dibujos animados follando.
El segundo mensaje explícito y no menos inesperado que el anterior, llegó unos minutos más tarde. En esta ocasión la imagen era un pulgar hacia arriba, solo que en lugar de un dedo era un pene con un prominente glande.
Ante tales muestras de desenfado, el señor maduro —generalmente muy cauto para no dar ningún paso en falso—se envalentonó y decidió pedirle una cita con un guión muy claro en su cabeza. Pero Agatha se excusó:
—Lo siento, pero tengo que regresar a casa después del trabajo. Tengo cosas que hacer.
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