Escritos desde la penumbra
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Crónicas

Pet Shop Girl

Una tienda de mascotas, una chica bonita detrás de un mostrador. A veces, basta una mirada para que lo banal deje de ser inocente.

Alex Ribas
3 de abril de 2026 – 4 min de lectura
Pet Shop Girl

2 de mayo de 2023

A las seis y media, cuando en la isla ya ha oscurecido, el señor maduro sale de Villa Maluku, su casa, montado en su moto negra. Noah, su pareja, que vive con los dos hijos de ambos a un par de kilómetros, le ha pedido que compre comida para las perras.

Además de un hospital veterinario, en Jalan Raya Semer hay no menos de tres tiendas de mascotas. Pero él se detiene, justamente, delante de aquella donde trabaja esa chica que ya despertó en él algo más que un vago interés el día que entró con el mismo cometido.

No es que le pareciera guapa, pero su flaca figura —sin un gramo de grasa— y sus pechos— que apenas despuntaban como dos pequeños montículos sobre su camiseta Giordano negra— le recordaron tan intensamente a Lorelei el día que lo cautivó que lo estremecieron.

Nada más cruzar el umbral de la puerta, con el delicado tintineo de unas campanillas que alertan de su presencia, un olor indescriptible y que solo emana de las tiendas de mascotas, satura sus fosas nasales.

Como si participara en una carrera de obstáculos, el señor maduro sortea cuidadosamente para no tropezar con toda clase de cojines, casetas y columpios hasta que logra alcanzar de una pieza la parte posterior de la tienda, que a esa hora está vacía.

Detrás del mostrador, sentada, se encuentra el verdadero pretexto de su visita. Con sus finísimas piernas cruzadas y dejando suspendida una chancleta con su delicado pie derecho, de uñas esmaltadas, la chica de la tienda de mascotas apenas levanta levemente la barbilla de su teléfono para registrar la aparición de ese fastidioso cliente.

Tumbado en el mostrador, con los ojos cerrados, un gato obeso y atigrado, dormita sin inmutarse. Le recuerda al felino de una serie de dibujos animados que veía en la televisión cuando era joven.

El señor maduro saluda con una amplia sonrisa, que ella solo corresponde a medias. Le informa de que su deseo es comprar un saco de pienso para perros, no demasiado grande —aclara—para poder cargar con él en la moto. Con cierta desgana ella se incorpora y sale de detrás del mostrador para conducirlo hacia los estantes donde están los sacos de pienso para canes.

Los hay para cachorros, para perros adultos, senior, activos, diabéticos y así hasta el infinito. «Un tipo de comida para cada necesidad y fase de la vida perruna»—reflexiona el señor maduro— con fastidio. A veces, la abundancia de opciones, incluso en los aspectos más nimios de la vida, se le hace tan abrumadora que lo exaspera y hace que termine desistiendo.

Por suerte, en esta ocasión no tiene que elegir:

—¿Tienes pienso para el control de peso?

Gemuk, una de sus perras, ha ganado unos kilos recientemente y el veterinario ha recomendado encarecidamente alimentarla con pienso dietético.

La chica de la tienda recorre visualmente las hileras de sacos de la estantería, como si fuera una bibliotecaria tratando de localizar un recóndito libro. Cuando parece que va a llegar al final de su búsqueda sin éxito, se detiene de golpe en uno saco en particular. Lo extrae con cierta dificultad y se lo entrega al señor maduro.

—Esto es lo que busco—confirma al ver estampada en el envoltorio blanco del saco la palabra DIET en rojo.

De vuelta al mostrador ella le pregunta cómo desea pagar. El señor maduro lo piensa un par de segundos hasta que anuncia que prefiere pagar con tarjeta. Cuando ella confirma el precio en voz alta, él no puede evitar arquear levemente las cejas y tensar los labios. Ella se percata y le devuelve una sonrisa ambigua que podría ser de complicidad o de burla.

De su cartera extrae una tarjeta de débito y se la entrega con la mano derecha a la chica de la tienda de mascotas, que la  inserta en el lector. Tras teclear el importe, le devuelve el terminal  al señor maduro quien introduce el número secreto de seis cifras. 

Mientras esperan a que la máquina pronuncie su veredicto, él aprovecha para iniciar una conversación, como si pensase que, demorándose un poco, la imagen de la cara y del cuerpo de ella quedará adherida a su retina.

—¿Trabajas sola? —pregunta el señor maduro.

—No. Mi amiga ya se ha marchado a su casa —responde ella con una voz aterciopelada.

—¿Y es tuya la tienda? —pregunta con más retórica que conjetura.

—No. Sólo trabajo aquí.

—Y ¿cómo te llamas?

—Linda.

—Es curioso. Llevo aquí años y todavía no había conocido a una chica de aquí con ese nombre.

—En realidad me llamo Indah, pero mi familia y mis amigos me llaman Linda.

–Entiendo. ¿Y eres de aquí, de Bali?

—Sí. De Tabanan. ¿Sabe dónde está, señor?

Él nota cómo el cuerpo se le deshincha ante tamaña muestra de deferencia.

—Sí, sé dónde está.

Tarjeta aceptada.

—¿Quiere el comprobante, señor?

—No—responde él con cierta sequedad y, haciendo un ademán con la cabeza hacia una papelera que hay en un rincón, añade:

—Archívalo ahí si quieres.

Indah vuelve a sonreír, probablemente más por cortesía que honestidad.

—Bueno, hasta la próxima—se despide él tras recoger el saco.

—Adiós, señor.

En la calle, mientras introduce el saco de comida en la maleta trasera de la moto ve a Indah detrás del escaparate. Está agachada recolocando algunos de los objetos que hay expuestos.

De pronto, obcecado por una especie de arrebato, el señor maduro toma su móvil, finge atender una llamada y toma un par o tres de fotografías a hurtadillas.

Al examinarlas, se da cuenta de que aparecen oscuras y borrosas. Pero no importa. No son para presentar a ningún concurso. Su cara y su silueta son perfectamente discernibles.

Con aire de satisfacción, piensa que cuando llegue a su casa por la noche se masturbará mirando esas fotos, fantaseando con la sombra de Lorelei, como ha hecho muchas otras veces.

_______________

Voz de Indah en la penumbra

[Pregunta inaudible]

Mientras hablaba me miraba raro. No sé cómo decir... Se notaba que tenía ganas de hablar conmigo.

[Pregunta inaudible]

Sí, creo que estaba flirteando conmigo. Eso es lo que hacen todos los bules, ¿no? Sobre todo, de su edad.

[Pregunta inaudible]

Mientras ordenaba los sacos del escaparate he visto que se quedaba ahí de pie un rato antes de montar en su moto. Parecía que hablaba con alguien... Aunque no sé. Quizá ha tomado una foto mía. No sabría decirte. ¡Bah, lo dudo! Me ha parecido un hombre maduro de lo más normal.

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