Livi (III)/Agnes
«Me la imagino ahí tendida en una bañera, como Marat en el cuadro de Jacques-Louis David...»

Livi (III)/Agnes

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Crónicas íntimas de un señor maduro (en la penumbra)

Alex Ribas

La regla invisible

Mi diario me recuerda que, este mes de noviembre que ya se deshilacha, he tenido cuatro encuentros con Livi los días 7, 14, 21 y 28; es decir: uno cada jueves.

Me pregunto si he empezado a habitar aquella zona ambigua en que el deseo y un incipiente afecto —que sea correspondido o no es otro asunto— empiezan a confundirse.

En el mar siempre agitado de mis emociones, Livi  se está convirtiendo en una especie de puerto seguro. Solo necesito enviarle un mensaje preguntándole si está libre. Ella, casi siempre responde: «sí, sayang

6 de diciembre de 2024

Iba de camino hacia el kos de Livi en Soputan, cuando recibí un mensaje:

Aku menstruasi, sayang.

—¡Joder! — exclamé dentro del casco y sin dejar de conducir. Para mí no era un problema que Livi estuviera menstruando. En cambio, para ella —y otras mujeres con las que he intimado—, tener la regla es algo más que un fastidioso (y a veces doloroso) inconveniente fisiológico. Es casi una cuestión de «pureza espiritual», una especie de tabú cultural y religioso para meterse en el agua, entrar en un templo o acostarse con alguien. Es fascinante que llamen al satélite natural y a la menstruación con la misma palabra: bulan.

Al cabo de un rato, cuando ya se me había pasado el enfado, respondí:

—No pasa nada, sayang. ¿Me harías un blowjob por la mitad?

—Tengo las piernas cansadas. La señora del masaje está a punto de llegar.

Hoy tendré que quedarme con las ganas.

Crónicas sucias de un ocaso

Pedro J. Brea

 Agnes

4 de diciembre de 2024

Apenas la veo acercarse a la mesa frente al arrozal, me doy cuenta de que Agnes no es mi tipo, pero es bastante tetona y tiene un buen culo. De cara no está del todo mal, aunque sus mandíbulas, marcadas y prominentes, le dan un aire un poco troglodita, como de los Picapiedra. Su cuerpo, robusto, macizo y de espalda ancha, parece un placar.

Durante la cena la conversación avanza con naturalidad, aunque noto que no terminamos de conectar. Creo que la chispa brota más de su encendedor —que no deja de usar para encadenar un cigarrillo tras otro—que de la química entre nuestros cuerpos. Después de pagar la cuenta le propongo ir a tomar algo a un boliche.

Nos sentamos al fondo en dos taburetes. Creo que lo han ampliado mucho desde la última vez que estuve, allá por la pandemia. Pero las camareras siguen llevando uniforme de mucama de cine porno, con cofia y todo. En cualquier país occidental, ya lo habrían cerrado por «atentar contra la moral y el orden público.»

De un Ipad, Agnes selecciona uno de los cócteles más caros. Está todo bien. No soy un tipo tacaño, pero soy de los que se fija en los detalles que luego gustan tanto a los chicos del periódico.Por mi parte, yo pido una Bintang helada y sin vaso.

Por cuarta o quinta vez, Agnes me pide disculpas por fumar. Yo vuelvo a encogerme de hombros.

—Me gustaría dejarlo—me dice— ¿Cómo lo has logrado?

—Con píldoras de nicotina. Me las trajo un amigo porque aquí no venden.

—¿Todavía te quedan?

Tardé un  poco en responder porque guardo dos estuches de Nicorette en un cajón por si recaigo. Al final, decido ser sincero:

—Creo que todavía guardo un tubo.

Agnes sigue mostrando interés hasta que menciono que las píldoras no hacen milagros.

—Si no tenés fuerza de voluntad, estás jodida.

—Entiendo—dice desilusionada antes de cambiar de tema.

—¿Y tú qué buscas en la app de citas? —me pregunta de una.

Creí que ya habíamos hablado de eso, pero no se lo advierto.

—Una mujer para salir a cenar de vez en cuando, tomar algo...

—¿Nada más?

—Sexo.

Agnes no parece inmutarse por mi alarde de honestidad.

—¿Y qué crees que es lo más importante en una mujer?

—Que tenga su mierda relativamente en orden.

Agnes se me queda mirando como medio sorprendida.

—Lo que quiero decir es que quiero que sea de trato fácil y que sepa manejar sus problemas sin darme demasiado por el orto.

Agnes se queda en silencio hasta que, al final, asiente con un leve movimiento de su cabeza.

—¿Y vos? ¿Qué buscás en un hombre?

—Que me proteja y me cuide.

—¿Nada más?

—Nada más—responde apagando el cigarro contra el cenicero.

—¿Y no pensás en casarte, tener hijos y esas cosas?

—De momento, no.

Su respuesta me deja medio confundido. Una chica de acá, de su edad y que no esté pensando en tener una familia...

Todavía me quedaba un restito de cerveza cuando ella ya iba por su segunda copa. Entonces, de repente me ha agarrado la mano y se ha lanzado a besarme con lengua.

—Vamos a mi casa. Estaremos más cómodos ahí.

—Me encantaría, pero he quedado con una amiga para tomar algo.

Me entran ganas de decirle: «¿Y por qué carajo no me lo has dicho antes?» Pero antes de meter la gamba finjo diciéndole que está todo bien. Aunque, tampoco me he ofrecido a acompañarla a Old Man's, a pesar de me queda al toque.

Volviendo a mi casa recuerdo lo que me ha contado acerca de un novio suyo que le puso la gorra con otra cuando ya estaban casi en la iglesia (me ha dicho que era cristiana practicante). Entonces ella, va e intenta suicidarse cortándose las venas. Me la imagino ahí tendida en una bañera, como Marat en el cuadro de Jacques-Louis David, solo que la sangre le brota de las muñecas, no del pecho. Y entonces me quiero matar. Sé que sería un error retomar el contacto mañana.  Pero, qué voy a hacerle si mi pija «razona» diferente.

SEGUNDA CITA

11 de diciembre de 2024

Una semana después, quedamos en un restaurante japonés de Seminyak. Por moda, por esnobismo o qué sé yo, a Agnes, como a muchas pibas de acá, le gusta el sushi. Hasta que te encuentras con una que dice que le gusta, siempre que no esté crudo. Y entonces se te caen las pelotas al suelo.

Mientras la espero, me acuerdo de que, la última vez que estuve allí en el piso de arriba, una banda tocaba jazz en directo. Subo por si hay alguien, pero me encuentro con que solo están los instrumentos. Me pinta ponerme detrás de la batería y empezar a hacer algo de ruido. Pero entonces aparece un camarero y me retraigo.

Agnes aparece por la puerta, achinando sus ojos miopes como buscándome. Cuando por fin me encuentra, se acerca a la mesa. Hoy la veo un poco distinta. No sé si mejor o peor que la vez anterior.

—Son las gafas, beb. Son nuevas—me dice cuando se lo mando.

Al rato, Agnes prende un cigarro y yo dejo sobre la mesa un estuche azul.

—¿Qué es?

—Pastillitas de nicotina.

Agnes empieza a dar palmaditas y saltitos, dándome las gracias como si le hubiera hecho un regalo caro o qué sé yo.

—Veo que no te has olvidado.

«Cómo iba a olvidarme si me lo has estado recordando toda la tarde», pienso.

—Las metí en la caja de la moto para no olvidarme.

—¿Qué tengo que hacer?

—Mirá, no tiene mucho misterio. Cuando tengas ganas de fumar, te metés una debajo de la lengua hasta que se deshaga. Como si fuera un caramelo, ¿entendés?

Agnes dice que sí con la cabeza.

—Pero no vale tomarlas y fumar. —Remarco el «y»

Después de cenar nos mandamos derecho al bar de las mucamas del otro día.  Nos tomamos un par de tragos, nos manoseamos y nos ponemos los dos re calientes. De camino a su kos no deja de meterme mano en el bulto.

Llegamos a su kos, por ahí en un callejón medio perdido en el Denpasar profundo. Su habitación parece un mercadillo clandestino vacío, con ropa esparcida por todo el piso o apilada en montoncitos dentro de unos plásticos. Encima de la heladera veo un cenicero hecho con un vaso de plástico con agua con colillas dentro flotando. El cuarto apesta a tabaco rancio.

Agnes tarda un poco en prender la luz. Me dice que aguarde mientras entra al lavabo, supongo que para mear. Mientras tanto, yo me quedo ahí sentado al borde de la cama con la sábana medio revuelta y los cojines con cercos amarillos.

No termino de estar cómodo. No por el desorden, que me chupa un huevo. Cuando estábamos en el bar, con la lengua más suelta que su sujetador, me ha contado más cosas sobre su vida: que si su padre la golpeaba de chica, que cuando murió su abuela se tomó un tubo de pastillas... Trato de sacudirme de encima todo eso y pienso que estoy acá para una garchada de una noche. Se trata de pasarla bien un rato, no de prometerle amor eterno a nadie.

                            *        *        *

Crónicas íntimas de un señor maduro (en la penumbra)

Alex Ribas

13 de diciembre de 2024

Cinco meses después de nuestra primera cita le propuse a Livi algo nuevo: ir a tomar algo. Me apetecía verla vestida de calle, no en su habitual camisón semi-transparente. Para mi sorpresa, aceptó

Unas horas antes de pasarla a recoger, me envió un mensaje avisándome de que estaba en un hospital. Y para certificarlo, me mandó una foto del mostrador de la recepción. Antes de que pudiera preguntarle si se trataba de ella, se adelantó:

—Estoy con una amiga que está embarazada para una revisión. Espero volver a casa a tiempo—me dijo.

Eran alrededor de las siete cuando vi una gasolinera con pocas motos haciendo cola en el surtidor de PertaMax, la gasolina más cara. Tras repostar avancé unos metros y me retiré a un lado, junto a unos cajeros, para no estorbar.

—¿Ya estás en casa, beb? —tecleé rápidamente en mi móvil.

Livi respondió casi al instante.

—Todavía no. Llegaré sobre las 8.

—De acuerdo—respondí.

Todavía faltaba una hora. Tras dudar unos instantes, decidí ir a cenar babi guling (cochinillo asado) con arroz, caldo y unas verduras.

Después de cenar, escribí a Livi preguntándole si ya había llegado a su habitación.

—Sí—respondió.

Chasqueé mis labios, pagué y cuando estaba a punto de levantarme para ir a pagar, llegó un nuevo mensaje:

—Estoy cansada, sayang. Nos vemos mañana.

Sacudí la cabeza y, con un gesto rápido, tiré de una servilleta del servilletero, me limpié los labios todavía aceitosos y dejé la servilleta en el plato hecha una bola entre huesecillos y restos de espinaca. La respuesta de Livi no me dejaba mucho margen para insistir.

—De acuerdo.

—Mañana, ¿sí?

—Lo intentaré, pero no te lo puedo prometer.

*        *        *