Crónica sucia
«En persona me pareció menos atorranta y viciosa»

Crónica sucia

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Dedicatoria: A mi amigo rioplatense Hernán, que me ayudó a cruzar el río hasta que llegué a la otra orilla.

Aura

Me había enojado con Kris. Tres meses visitándola en su cuarto una o dos veces a la semana me habían convertido en uno de sus clientes habituales. Llego, charlamos un rato, la pasamos bien, pago y chao. Cero preocupaciones.

Un día que estaba con más ganas de lo habitual le dije, medio en broma, si me cobraría el doble por garchar dos veces. Cuando me dijo que sí se me hincharon las pelotas. Le dije que ni en pedo. Listo. Está todo bien. Me busqué a otra y ya.

Aura es de Surabaya. Trabaja de vendedora en una tienda de ropa y había venido de vacaciones. Apenas llevaba en Bali unos pocos días y ya se había quedado sin plata. Se alojaba en un hotel grande, oscuro y medio sucio al fondo de un angosto callejón de Kuta, mal iluminado y mugriento. Al lado había otro hotel de esos internacionales. Se veía bastante lujoso y resplandeciente, comparado con su vecino más desarrapado. El lujo y la basura condenados a convivir en silencio.

Me recibió en su cuarto un viernes por la tarde, cuando ya estaba oscuro. Su boca me pareció desproporcionada para una cara tan chica. Enseguida me fijé en sus orejas de Dumbo. Llevaba puestos unos anteojos negros de pasta con unos cristales muy gruesos de culo de botella que no se quitó en ningún momento. Al verla me recordó a alguien.

Cuando se quitó la bombacha me di cuenta de que no tenía vello en la concha, como me había dicho por el chat. De pronto, la ficha cayó. Era la versión en mujer del electricista que me hace los arreglos en mi villa. El garrón fue tan grande que casi se me baja la pija.

Me puse a chuparle las tetas y la concha y, cuando ya nos habíamos puesto en perrito, me dijo que sin condón ni hablar.

Como a mí no me gusta garchar con goma le dije que me la chupara. Le dije que no me acariciase la punta cuando empezara a venirme. Para gustos, los colores. Ladeó la cabeza como diciendo «sí». Pero justo cuando iba a a expulsar la leche apuntando a sus labios, paró de golpe . No sé qué carajo entendió cuando le pregunté si podía venirme en su boca y me dijo que «sí». Me dejó a medias. Medio-pajeado, quiero decir. ¡La recontra puta!

Me acercó un paquete de toallitas de esas con las que limpian el culo a los nenes.

—Prefiero lavarme—dije.

—No hay agua.

—¿Cómo que no hay agua? —pregunté extendiendo los brazos.

—Ya avisé al tipo de mantenimiento, pero todavía no ha venido.

Me limpié con dos o tres toallitas, le envié la guita y me vestí. Cuando ya me iba, me dijo:

—Cuando llegues a tu casa, mándame un mensaje.

Al día siguiente retomamos el chat. Le pedí si podía enviarme algún vídeo a cambio de algo de plata. Me mandó dos. En uno se la ve tocándose la vagina mientras se mete un juguete por el culo. En persona me pareció menos atorranta y viciosa. Me pajeé. Entonces le pregunté por qué no me había dicho que le gustaba meterse cositas por el orto.

Para cuando contestó al cabo de un buen rato ya casi me había olvidado:

—Tampoco me lo preguntaste.

Yuli

Sábado 20:30

Acababa de cenar arroz frito con lo que acá llaman «marisco» en el Warung Pondok, un restaurante ajardinado con bale-bales individuales de mesa baja donde la gente come sentada en el suelo y un comedor al fondo con mesas y sillas normales. Todavía sigo yendo allí no por la comida sino porque me transporta a tiempos mejores.

Me aferro a mis recuerdos para no ahogarme en las aguas del presente, sobre todo cuando bajan bravas.

Después de cenar abrí mi Tinder. El algoritmo me había emparejado con una tal Yuli. Cuarenta años, pero en las fotos aparentaba más. Era rellenita, pero se la veía fogosa y decía que buscaba «diversión.»

Empezamos a chatear. Le dije que yo no buscaba una puta. Solo pasarlo bien un rato y listo. Ella dijo que estaba todo bien. Que no era una prostituta. Las 300.000 rupias que me pidió eran para pagar la habitación de su hotel en Nakula. Tenía sentido. Las putas son mucho más caras.

Cuando llegué me estaba esperando en el vestíbulo. Con una mano sujetaba una bolsa con un paquete de papel encerado que olía a arroz frito. Con la otra, sostenía un vaso de esos de poliestireno con una pajita ensartada. Pensé que debía ser té o algo así.

Nada más verla, empecé a verle los defectos. ¡Cómo puedo ser tan pelotudo! Siempre me dejo engañar con los filtros. Me dejo influir demasiado por los primeros planos. A estas alturas ya debería saberlo, la puta que lo parió.

Tenía la nariz chata y las fosas muy abiertas. De una de las comisuras sobresalía una especie de verruga de la de los cuentos de brujas. Y aunque no estaba gorda su cuerpo era como de manteca.

Nos dimos las buenas noches de palabra.

Cruzamos el vestíbulo y tomamos el ascensor hasta el tercer piso. Mientras subíamos, noté que las ganas de garchar se habían quedado en el estacionamiento.

Yuli abrió la puerta de su habitación, metió la tarjeta en la ranura de la pared y el cuarto se iluminó como si fuera una feria. De repente oí unas voces, como si hubiera más gente ahí dentro. Era el televisor, que también se había prendido.

Dejó la bolsa con el paquetito de comida y el vaso en una mesa y me preguntó si me importaba que cenase primero.

—No, no. Silahkan (por favor). Buen provecho.

Me invitó a compartir su cena: arroz frito con trozos de verdura y un par o tres de lonchas de piel de pollo.

—No, gracias. Acabo de cenar.

Ella se sentó en el borde de la cama mientras yo permanecí de pie observándola. Se puso a mirar la televisión. A ratos, estaba tan inmóvil y embobada con la telenovela (que acá llaman sinetron) que parecía una escultura:

«Dama con tenedor de plástico suspendido en el aire.»  

Exceptuando las voces de los protagonistas, en la habitación reinaba un silencio de museo.

Mientras yo permanecía de pie con unas ganas de irme a la mierda que me quería matar, Yuli aprovechaba los frecuentes anuncios para regalarme mini-fascículos de su vida. Vivía en Yakarta y de vez en cuando volaba a la isla, alquilaba una habitación unos días y recibía visitas. Hablaba como si fuera comercial o, como se decía en los tiempos de mi papá, «viajante» de algún producto que mostraba al público desde la intimidad de una habitación de hotel.

Me dijo que estaba buscando trabajo de camarera o de guía para turistas japoneses. Por lo visto había vivido en Tokio unos años y hablaba japonés bastante bien.

De repente la habitación me pareció más pequeña que cuando había entrado. Me estorbaba todo, empezando por Yuli. Pensé en fingir que tenía que volver a casa por una urgencia o porque me estaba cagando... ¡qué sé yo!

Pero, justo en el instante en que ella se llevó el último tenedor de arroz a la boca, terminó el sinetron. Apagó la televisión, sorbió un poco del vaso haciendo bastante ruido y me dijo que esperara ahí mientras se duchaba. Se metió en el cuarto de baño dejando la puerta entreabierta.

Me quedé ahí de pie como un boludo hasta que me decidí a espiarla. Siempre he sido un mirón. De chico, me gustaban esas películas italianas en que una mujer que a mí me parecía una vieja se despelotaba en su habitación, mientras un par de ojos adolescentes (o cuatro) se quedaban ahí mirándola con las mandíbulas hasta las rodillas. La mujer —que solía ser su profesora o una vecina—sabía que la observaban y, aun así, la muy hija de pu seguía quitándose una prenda tras otra con deliberada lentitud hasta quedarse en cueros. Andaba un rato por la habitación y, de repente, corría la cortina, dejando a los mirones —y a mí— con la pija bien parada.

Por la rendija de la puerta, empecé a observar a Yuli. Dejé que mi mirada recorriera su cuerpo lleno de pliegues de carne y espuma.

Me demoré un buen rato en sus tetas, que le llegaban casi al ombligo. De ellas salían despedidos dos pezones como los diales de una radio alemana que tenían mis viejos en el cuarto de baño. Los más grandes que había visto en mi puta vida. Me parecieron medio anormales. Calculé que serían como la mitad de mi dedo índice.

Me imaginé tocándolos, estrujándolos, lamiéndolos, mordisqueándolos. Y mis dudas se escurrieron, como el remolino de agua que se colaba bajo los pies de Yuli.