Cuando el cuerpo habla
Intan no es el prototipo de mujer-cita del señor maduro: 40 años, estudios de postgrado en ingeniería y empleada en una empresa de material de construcción de Yakarta.
Han quedado a las 7.00 para cenar en un restaurante japonés cerca de la villa del señor maduro. Qué lejos quedan aquellos días en que, ilusionado, viajaba con su moto hasta la otra punta de la isla, bajo una inclemente meteorología si hacía falta, ante la perspectiva de acabar la noche retozándose entre sábanas con la Tinderella de turno.
Con diez minutos de antelación aparca su moto en el parquin del Kyoto III. A pesar de que el sol se ha puesto ya, el calor es infernal. Un gélido frescor lo envuelve nada más cruzar la puerta. El vello de sus brazos se eriza, la piel adopta una textura gallinácea y, de inmediato, deja de perspirar.
—¿Desea una mesa dentro o fuera, bapak? —pregunta una camarera de rasgos japoneses tras darle las buenas noches.
El señor maduro se queda pensativo. A favor de una mesa en el interior está el aire acondicionado. En contra, la mediocre ventilación del local, como el olor a fritanga que se le adhiere a la ropa como una lapa siempre que come allí atestigua.
Por otra parte, las mesas de la zona ajardinada posterior, con su velita en el centro, son más sugerentes. Pero en noches tan asfixiantes, el espacio se convierte en un invernadero.
—¿Señor? —inquiere de nuevo la camarera, sacándolo de su ensimismamiento.
—Aquí—responde él señalando una de las mesas interiores para dos, conectadas por un banco corrido que recorre la pared de cristal y una o dos sillas enfrente.
«Demasiadas mesas para tan poco espacio», piensa con fastidio, algo arrepentido de su decisión.
Nada más tomar asiento recibe un mensaje de Intan:
—Macet (atasco).
Se encoge de hombros. «Me estoy maquillando» o «recién salgo de la ducha» hubieran sido peor.
Pide una botella de agua de 750 ml con gas, que una de las camareras le lleva en un periquete junto con un platito rebosante de cacahuetes sin sal.
Los minutos caen como las gotas que, por efecto de la condensación, van apareciendo en el cristal verdoso de la botella y que, al adquirir un cierto grosor, se deslizan desde el cuello formando un pequeño charco en la mesa.
La camarera olvidó traer un posavasos.
Cuando la botella está ya medio vacía, el señor maduro frunce los ojos escrutando a la mujer con traje chaqueta negro que, con poco desparpajo, acaba de bajarse de una moto pilotada por un GoJek.
El señor maduro se queda inmóvil un instante. Si la esperara sentado, probablemente no se lo tomaría como una descortesía. Pero él es un caballero, y su obligación es salir a recibirla. Se pone de pie y empieza a andar hacia el aparcamiento
—¿Intan?
Ella asiente, esbozando una sonrisa mientras le devuelve el casco al conductor.
Se saludan con un apretón de manos. El motorista, con su chaleco verdinegro y las letras GoJek bordadas en blanco, los observa desde el borde de la calzada.
—Son 20.000, mister.
Mientras Intan se alisa la chaqueta y los pantalones con unos suaves golpecitos, el señor maduro saca un billete de 20.000 rupias de su cartera y se lo entrega.
Andan los escasos metros hacia la entrada del restaurante en silencio, como si hicieran acopio de temas para hablar durante la velada.
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