Escritos desde la penumbra
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La entrevista

El Ente. Un entrevistador asqueado con ganas de vacaciones. Un entrevistado algo excéntrico. ¿Qué puede salir mal?

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La entrevista

A los Entes,

Supervisores, Entrevistadores,

Entrevistados y otros personajillos de este mundo,

me lean o no.

________________________

 –¿Nombre?

–Alex Ribas

–¿Edad?

–53, si pregunta por la biológica.

Empezamos bien, masculla con un resoplido el entrevistador. Pero decide pasar por alto el innecesario matiz del entrevistado. ¿En qué otra edad, si no, podría estar interesado el formulario? Su día acaba de empezar. En su boca todavía siente el amargo y reconfortante regusto del café exprés (sin azúcar) que se ha tomado en la cantina antes de empezar una nueva jornada que se le antoja notablemente similar a los miles que ya ha vivido en el Ente.

Además, sus veinticinco días de vacaciones —según el convenio colectivo del sector—están a la vuelta de la esquina. ¡Y qué demonios! Es demasiado pronto para ponerse de mal humor con el primer gilipollas de la jornada.   

—¿Estado civil?

—Difícil de explicar, en una palabra.

—Pues inténtelo–salta el entrevistador, cuyas palabras cortan el aire como una goma elástica que se rompe por la tensión. Y añade: —Es una pregunta obligatoria, ¿sabe?

El entrevistador toma aire. Si algo le han enseñado dos décadas de experiencia de trato con el público es que la manera de no complicarse la vida es facilitándosela a estos pringados. El problema es que uno no siempre está de humor.

—Estas son las opciones—comenta servicial. —Tiene que escoger una.

El entrevistador lee en voz alta el surtido de posibilidades que contiene el formulario, demorándose en cada coma, como si fueran platos de una carta:

Soltero, casado, viudo, unido por relación convivencial análoga al matrimonio, separado, divorciado y, finalmente, otros.

Sin despegar los ojos del formulario, con el bolígrafo presto a marcar la cruz en la casilla que le digan, el entrevistador-camarero pregunta:

–¿Qué ponemos entonces?

El entrevistado medita cada una de las opciones sin saber cuál elegir.

–En la casilla de Otros, ¿hay espacio para una pequeña explicación?

El entrevistador niega con la cabeza. «¿Tan difícil es escoger una sola opción?» se pregunta. Como este tipo se muestre igual de indeciso con todo, va listo....

—Bueno da igual. Marque otros.

Con la mano izquierda sosteniendo precariamente su cabeza y su paciencia, el entrevistador marca con profunda desgana la casilla correspondiente. Todavía no han llegado a la mitad cuando deberían haber terminado ya. En todo este rato hubiera tenido tiempo de ordenar su escritorio, que ahora mismo está lleno de cajas de archivos y documentos sueltos que van acumulando más polvo que horas extraordinarias.

Cuántas veces le habrá sugerido al Supervisor dejar en el mostrador de la entrada al Ente un montoncito de impresos y un par de bolígrafos —atados con una cuerda, si hace falta, como hacen en Correos— para que el público los rellene. Al fin y al cabo, no se trata de un formulario para entrar en los servicios secretos. De esta manera, explicó el entrevistador en el impreso de "Sugerencias del Personal", él podría dedicarse a quehaceres más útiles, como el que se le acaba de ocurrir, pero que tendrá que postergar una vez más por culpa del pelma que tiene delante.

Desgraciadamente, su sugerencia —esmeradamente redactada en papel de su puño y letra— todavía no ha merecido respuesta del Supervisor desde que la metió en el buzón, hará tres o cuatro meses. Sabe que el silencio administrativo siempre es, en estos casos, negativo.

¡Si llego a saber que el Supervisor se va a pasar mi idea por el culo la hubiera escrito sobre papel higiénico! Porque el hombre será un fanático de la eficiencia, la optimización de recursos, la excelencia y esas pamplinas... pero, cuando se trata de escuchar a los empleados, que si quieres arroz Catalina.

—¿Hemos terminado ya?

La pregunta del entrevistado lo saca de su ensoñación.

—Todavía queda, señor. ¿País de residencia?

—Indonesia.

Por un momento, el entrevistador se queda en silencio. No está seguro, pero cree que, según las normas del Ente, es requisito indispensable ser residente del país. Luego lo consultará.

–¿Ciudad?

—Bali.

—¿Dirección?

—[confidencial]

—¿Profesión?

—Exorcista

El entrevistador levanta la mirada del formulario, perforando con sus achicados ojos de presbicia y miopía el rostro del entrevistado. Con gran esfuerzo logra contenerse. A ver si resulta que éste es capellán, de los que no lleva alzacuellos, y entonces el Supervisor le monta un pollo. Finalmente, su rictus se afloja.

—¿Es usted sacerdote?, pregunta cauteloso el entrevistador.

El entrevistado sonríe.

—No, no. Soy solo escritor.

El entrevistador frunce todavía más el ceño. Menudo graciosillo... Entonces recuerda que ayer ya mandó a la mierda a un par de entrevistados más bajo la desaprobadora mirada del Supervisor. Escudriña la sala y ahí está: de pie, en la zona de la fotocopiadora, mirándolo como si lo estuviera evaluando en pleno mes de julio y no en noviembre, como dictan las normas del Ente.

Para no exponerse a una más que segura amonestación, decide mantener la calma.

—Entonces, ¿por qué dice que es exorcista? Con decir escritor va usted que chuta.

—Bueno, verá. Yo trabajo cada día con mis propios demonios, ¿sabe? Les hablo. Escucho lo que me dicen. Mantenemos largas conversaciones... Y, sobre eso, escribo.

El entrevistador le lanza una mirada entre curiosa y despreciativa. No sabe si tiene delante a un imbécil o, peor aún: a un zumbado con ínfulas de genio.

—Entiendo–masculla el entrevistador sin entender nada. Quiere quitarse de encima a ese excéntrico cuanto antes. Además, detrás suyo se está empezando a formar una pequeña cola de dos personas: una ieja con un carrito de la compra desvencijado y un hombre con una bolsa de plástico llena de migas de pan como si fuera a dárselas a las palomas.  

¿Hay espacio para dos profesiones? Porque también soy explorador.

El entrevistador arquea una ceja. En el formulario solo se puede indicar una profesión. A lo mejor el tipo se gana la vida escribiendo guías sobre lugares exóticos.

—¡No me diga! –exclama con tono socarrón. —¿Viaja usted a lugares poco visitados?

—Sí, desde luego.

La respuesta roza la curiosidad del entrevistador.

—¿A cuáles? pregunta el entrevistador, que solo piensa en sus vacaciones. Todavía no tiene claro si irse al fresco y rejuvenecedor norte, como cada año o uno de esos resorts de playa de la pulserita con todo incluído.

— Se lo pregunto porque estoy pensando en irme de vacaciones a…

Antes de que el entrevistador termine la frase, el entrevistado lo interrumpe:

—En realidad solo hay un lugar que me dedico a explorar…

—¿Cuál? pregunta ahora el entrevistador con los ojos casi abiertos de par en par.

—Un lugar al que pocos osan adentrarse y, menos aún, recorrer… Un espacio de luces y sombras, inabarcable que no promete hallazgos. Lo único seguro es que está plagado de caminos secretos, trampas, pendientes resbaladizas…

La fascinación del entrevistador resulta ahora deslumbrante como su chillona camisa amarilla con pequeños animalillos que parecen búhos

–¿Es una cueva?

–No. Es mi mente.